Monday, July 4, 2016

Un sentido de la emergencia


Nadie puede ignorar la escala de la crisis en la que nos encontramos. Es, sin duda, la más grave en nuestra historia, y no es una exageración decir que es también una de las mayores que se haya producido en Latinoamérica. Se manifiesta y nos afecta en todas las instancias de la vida nacional.
La semana de validación de las firmas para la activación del referendo revocatorio se produjo entre tensiones, amenazas y francas acciones de represión y provocación. El gobierno, en sus diferentes expresiones de Estado, instituciones y fuerzas policiales y militares, lejos de tender puentes y buscar salidas, generó insistentemente un escenario de agresión, alimentado por el descrédito y el desánimo.
La respuesta de la gente fue todo lo contrario. Con grandes esfuerzos, constancia y solidaridad se llevó a cabo un proceso en el que participaron masivamente  los validantes  convocados y las personas y organizaciones que, en todo el país, buscaron  apoyarlos  y ayudar.
Durante esa semana, también, pareció producirse un breve espacio de distensión en la escalada de saqueos y manifestaciones de descontento popular que, solo unos pocos días antes, había alcanzado un nivel crítico en los terribles sucesos ocurridos en Cumaná.
El mensaje fue claro: los venezolanos preferimos apostar por una salida democrática e incruenta, a pesar de las inmensas dificultades planteadas, que sumarnos a la violencia incentivada que pretende llevarnos cada vez más cerca de una confrontación fratricida.
En otras ocasiones, me he referido a la necesidad de apelar a lo mejor de nosotros mismos para superar las situaciones más terribles. Lo sucedido durante esa semana no ha hecho sino validar la creencia de que esa convicción se encuentra en las grandes mayorías de nuestro país.
Pero es una convicción de convivencia atacada y cuestionada, que a duras penas logra mantenerse a costa de inmensos esfuerzos y grandes sacrificios de esa gran mayoría.
La carga de esta crisis monumental, sin negar sus ramificaciones en los demás sectores, está recayendo mayoritariamente sobre lo social.
Sobre la gente.
En la vida de las personas es donde causa mayores estragos y produce pérdidas irreparables. Es allí donde, en estos momentos, se mantiene la última línea de resistencia.
Lo gran mayoría de los venezolanos se enfrenta todos los días a situaciones terribles de  hambre, enfermedad y violencia: Se come dos veces, o una, al día. No se puede alimentar a los hijos ni a los familiares. Se hacen inmensas colas donde se consigue poco o  nada. El dinero no alcanza, los sueldos insuficientes. No hay medicinas para los tratamientos, graves o menores. Los centros de asistencia no reciben pacientes por carecer de los insumos más básicos para atenderlos. En cualquier momento en la calle podemos quedar atrapados por un tumulto. Policías y militares pueden reprimir y apresar sin ningún control o restricción, así como grupos armados paralegales e irregulares pueden actuar sobre la comunidad impunemente.
No podemos seguir negando la realidad. Estas situaciones ya no son noticias que vemos en los medios.  Nos suceden a nosotros, a familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo o de estudios, conocidos.
Tienen rostros y nombres que ya no nos son extraños.
Deben ser reconocidos.
Por parte del Estado, existe una política vil que apunta constantemente a estimular la conflictividad, culpabilizar al otro y generar enfrentamientos entre los miembros de la comunidad. Los CLAPs, en ese sentido, son una muestra de ello. Ya son innegables sus vínculos con el mercado negro, la inviabilidad y sectarismo de su propuesta y el daño a las relaciones de convivencia que han causado en la mayoría de las comunidades en las que operan.
Por otro lado, la activación del revocatorio y las posibilidades de diálogo que se establezca entre los factores políticos deben producirse sin perder de vista y tener como prioridad la situación de emergencia nacional en la que viven actualmente los venezolanos. Sin su participación y fe en estos procesos y quienes los llevan a cabo, y más allá de las trabas que impondrá el Estado, su éxito estará seriamente comprometido.
En días pasados, estuve en la comunidad de La Vega y conocí a la señora Gladys. Como todos en su edificio hace grandes esfuerzos para conseguir comida y alimentar a su familia.  A pesar de esas carencias, Gladys ha decidido ayudar a su vecina, que está en una situación de extrema pobreza,  y todos los mediodías recibe a los hijos de esta para darles almuerzo. Cuando le pregunto por qué lo hace Gladys me contesta:
-No será por mí que esos niños se van a morir de hambre.
Creo que en su respuesta hay una claridad sobre nuestro momento actual y una actitud al respecto en la que debemos vernos todos.


Roberto Patiño
Coordinador de Movimiento Mi convive
Miembro de Primero Justicia

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